La gente que no va a tu iglesia nunca se queja (y ese es el problema)
La trampa de los de adentro
Andy le pone nombre: la atracción gravitacional. La iglesia siempre se inclina hacia los de adentro. Los que se quejan son los que ya están, y Andy admite que, como líder, tiende a poner atención solo a ellos. Esa fuerza, advierte, nunca va a cambiar; hay que resistirla de manera estratégica y sistemática. «Es una lucha constante», dice, «pero es una lucha que vale la pena».
¿Por qué vale la pena? Piensa en alguien que amas y que no sigue a Jesús. Un día llega la crisis: un bache en el matrimonio, un hijo en problemas, un despido. Si la iglesia no tiene los brazos abiertos, no vamos a estar listos cuando más nos necesite.
Iglesias profundas y amplias: el enfoque lo es todo
Andy quiere iglesias profundas y amplias. Profundas: con una teología sólida y ancladas a la resurrección de Jesús. Amplias no en tamaño, sino en alcance, porque el evangelio, como anunció el ángel en Lucas 2:10 (NTV), es «buenas noticias que darán gran alegría a toda la gente». Si es para toda la gente, la iglesia debería verse así: con los brazos abiertos, como Jesús.
¿Y cómo se abren los brazos? Según Andy, casi siempre se reduce a una palabra: enfoque.
«El mensaje correcto con el enfoque equivocado da resultados equivocados». — Andy Stanley
Todo casado lo ha vivido: sabes cuál es el mensaje, pero con el enfoque equivocado, aunque tengas la razón, terminas pidiendo perdón. Andy remata: «Si no estás dispuesto a ajustar tu enfoque, si te conformas con solo decírselo, en realidad no te importa». Jesús ajustaba su enfoque según con quién hablaba, porque le importaban todos.
Lo que cambió en la gente
Según Andy, la iglesia va muy atrasada en esto. Para mostrarlo, leyó un fragmento de un informe de 2016, el Estado de la Biblia 2016 (State of the Bible 2016), estudio de Barna Group para la Sociedad Bíblica Americana: cada año, más estadounidenses creen que la Biblia es solo un libro más, escrito por hombres. ¿Y cómo respondió la iglesia? Con pantalones entubados y luces robóticas, bromea Andy.
«Hicimos la iglesia más interesante que nunca… pero eso no trajo más interesados». — Andy Stanley
Cambio 1: lo oyeron y no se lo creen
En sus iglesias de Atlanta cambiaron el enfoque, no la teología. El primer cambio: dejar de predicar como si la gente oyera de Jesús por primera vez y dar por hecho que ya lo oyó y ya decidió: «no me lo creo, eso no es para mí». Andy pide asumir que cualquier razón que tengan para rechazar la iglesia es una buena razón, porque ellos creen que lo es. Nunca los regañan por eso, y empiezan por la relación y los valores compartidos, no por las convicciones. Así hacía Jesús. Andy lo dice dos veces: «A la gente que no se parecía en nada a Jesús… le caía bien Jesús».
Hecho, movimiento, Biblia
Andy aclara algo antes de entrar en el tema: no cambió lo que cree de la Biblia, solo cómo habla de ella. Hace unos quince años, cuenta, dejó de apoyarse en la frase «la Biblia dice», y lo hizo para anclar la fe a un hecho: la resurrección de Jesús. Para quien no respeta la Biblia, esa frase cierra la conversación antes de empezar. Además, da la impresión de que toda la fe depende de una idea moderna: la de un libro perfecto. Basta con que alguien decida que una parte no es cierta para que se le caiga todo.
La buena noticia, dice Andy, es que nuestra fe no es tan frágil. Se puede argumentar que la Biblia es completamente verdadera, reconoce, pero ese no es el fundamento de nuestra fe. No fue la Biblia la que dio origen a la iglesia; fue al revés: hecho, movimiento, Biblia. Un hecho, la resurrección, puso en marcha un movimiento, la iglesia. Siete autores, de Mateo a Pablo, pusieron ese hecho por escrito, y trescientos años después la iglesia reunió la primera Biblia.
Esta forma de pensar no es invento de Andy. Hace casi cuarenta años se la enseñó Norman Geisler, que editó el libro de texto sobre la inerrancia de la Biblia. Aun creyendo que la Biblia no tiene errores, Geisler enseñaba el método apologético clásico:
- Dios existe.
- Si Dios existe, los milagros son posibles.
- Los cuatro evangelios son relatos confiables de hechos reales.
- Si son confiables, Jesús resucitó.
- Si resucitó, lo que dijo es confiable.
De ahí sale su frase de siempre:
«Si alguien predice su propia muerte y resurrección y lo logra, vamos con lo que esa persona diga». — Andy Stanley
Esto no es renunciar a nada de lo que creemos, insiste Andy: es anclar la fe no a la idea de un libro perfecto, sino a un Salvador resucitado. Y advierte: algunos de tus hermanos mayores, de tus papás, quizá de tus hijos, no se habrían ido de la fe si su fe hubiera estado anclada a esta forma de pensar.
Cambio 2: de creer a seguir
El segundo cambio suena a poca cosa: de creer algo a seguir a alguien. Pero en sus iglesias se lo tomaron tan en serio que cambiaron su declaración de misión: de «guiar a las personas a una relación con Jesucristo que siga creciendo» a «inspirar a las personas a seguir a Jesús». Seguir a Jesús es una puerta más fácil de cruzar y de explicar, y así invitaba él: «sígueme».
Ojo: Andy no está en contra de creer. Pero creer cosas no basta; Jesús nos invitó a seguirlo. Por eso Andy se hace esta pregunta: «Creo todo, sí… pero ¿soy seguidor, o nada más creyente?». Y lo que le encanta de este cambio es esto: nadie puede obligarse a creer lo que no cree, pero cualquiera, crea lo que crea, puede dar un paso para seguir a Jesús.
Por eso invita a probar antes de creer. Cuando predica lo que enseña Pablo, que marido y mujer se sometan el uno al otro, lo llama una «competencia de sumisión»: gana el que deja pasar primero al otro. Y a quien ni siquiera respeta la Biblia le pone tarea: probarlo tres días. A partir de Santiago 4:1-2 (NVI), también reta a cualquiera a hacer una pausa en la próxima discusión en casa y decir: «¿Sabes cuál es el problema? No me estoy saliendo con la mía».
Para tu equipo esta semana
- Revisa para quién diseñas. En tu próxima reunión, distingue qué decisiones son para los de adentro y cuáles para los que todavía no llegan.
- Piensa primero en el enfoque. Antes de una conversación difícil, escribe el mensaje en una línea y dedica el resto del tiempo a pensar cómo decirlo para que le llegue.
- Habla para quien ya lo oyó y no se lo cree. Revisa tu próxima predicación, clase o propuesta con esa persona en mente: para ella, sus objeciones son buenas razones.
- Invita a dar un paso. Termina tu próxima enseñanza con algo concreto para probar en casa esta semana, aunque la persona todavía no crea, como hace Andy.
Para cerrar. Los dos cambios ajustan el enfoque, no el mensaje, y los dos son para los que simplemente no llegan. Llévate estas preguntas:
- ¿Para quién está diseñada, en la práctica, tu iglesia o tu equipo?
- ¿Eres seguidor, o nada más creyente?
- ¿Cuál de estos dos cambios nos hace más falta?
Mira la parte 1 completa y compártela con tu equipo:
En la parte 2: el tercer cambio (asumir que ya están en el salón) y la Lista Irresistible.
